La donna è mobile![]() "Buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar y darle espacio." LCiudadesInvisibles, ICalvino |
Las cosas por su nombreCuando lo tienen. Si das con cierto número de personas que fuera de tu/su empresa tienen menos peso específico que un palmo de puntilla, pero dentro se retroalimentan los unos a los otros y piensan que todo su monte, es orégano; son mediocres, miedosos, insidiosos y con muy poca clase, a estos... a estos los puedes llamar tranquilamente mamarrachos. O mamarrachas, si se da el caso. Son ese tipo de persona que cree que porque tú, transigiendo con su extrema repelencia pero sensible a su pequeñez, nunca les has llamado la atención sobre algún error -principalmente para conciliar departamentos y no ponerte a determinadas alturas, así te lo recomiende el médico-, es que jamás se han equivocado. ¡Esto es, paren el cronómetro! ¡Hey hey es el rey! Y todavía más allá, si llegan a deducir que lo que pasa, es que has tenido la generosidad de no andar tocándoles la moral, calculan que eres gilipollas. Quiá. Y siguen en lo suyo, que es lo gordo y lo grande. Al mamarracho le gusta su hábitat porque a ver, feliz, lo que se dice, feliz, ya no es muchos más sitios. Su mesa está llena de fotografías ¿de parientes? ¿De seres queridos? No. El mamarracho se reafirma con instantáneas de momentos tan trascendentales para cualquiera como las cenas de navidad, del aniversario, del propio mamarracho abrazándose con el jefe, del mamarracho posando con la jefa, sonriendo a cámara entre ambos. ¿Por qué? Pues porque son sus ídolos. Porque para el mamarracho son esa mano cálida que le pasa por la espalda y le eriza el vello del cogote en esos momentos en los que íntimamente cree -con tantísima razón- que es una mierda vital. Aunque sí, aunque tenga familia, y pareja, e hijos, y todos ellos sean, sacados en la conversación, tan perfectos como él. Pero, otra vez, ¿por qué? Pues porque no le llenan. Es plena, aunque secretamente consciente de que son, ante todo, seres carentes de valores. Grises. O transparentes. Anodinos. Tan mamarrachos como él, vaya. Y por eso le apasionan los lunes, el regreso a su medio; y en la puerta de la oficina está dando saltos de alegría y empezando a soltar la lengua, dormida durante el fin de semana. Por lo mismo, los viernes sale de allí con la cabeza gacha y la mirada del conejo que está a punto de ser atropellado, como si realmente se le partiera el corazón de puro alejarse. En definitiva, los valores que conoce el mamarracho poco tienen que ver con los que usted o yo conocemos, interiorizamos y respetamos. Olvídese. Para nada. Estos son de otra pasta. Su peregrinación horaria al despacho de sus superiores para apercibirle de los errores que según su criterio, se cometen en la empresa, saltándose cualquier código de solidaridad y respeto entre personas y compañeros, debe ser para él, mirándole a la cara, hasta emocionante. Y basándonos en este último ejemplo y siendo conscientes de que si cargásemos las tintas, aún haciéndole justicia, habría que tirarle sobre la cabeza el histórico de bombas nucleares (y tampoco es eso, por proximidad física), concluimos que el mamarracho es (muy) susceptible de descerrajarles uno o varios tiros en el culo. Sin acritud. Y ante la quien sabe si inminente llegada de la recortada, sólo pido, oh Señor, que ojos como los míos, de tan intensa sensibilidad, ya no tengan que estar presentes para querer verlo, y a ser posible, ni lo recuerden. Amén. Sábado, 17 de Febrero de 2007 18:42. Comentarios » Ir a formulario |
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